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sábado, 30 de octubre de 2010

De Maricones y Gays

El tema se instala poco a poco en Chile. Se viene acercando como una nube cargada con agua: agua bendita para algunos, maldita para otros. Sea como sea, la homosexualidad es un tema que deja indiferente a pocos. Bien porque se es protagonista de la situación, bien porque contamos con amigos o familiares viviendo el dilema. Digo dilema, como digo determinación o huída; porque actitudes frente al tema hay muchas, como también actores: desde los principales involucrados, hasta los mirones de siempre. Mirones, que siempre se encargan de hacer la vida imposible a quienes se atreven a enfrentar su verdad.

Imaginemos por un momento que un día despertamos y nos damos cuenta de que nos gustan las personas del sexo opuesto (algo "obvio"). Imaginemos también que a nuestro alrededor esto es visto como algo vergonzoso, prohibido o simplemente desconocido. Comienza allí un dilema, la disyuntiva de ser o no ser fiel a lo que la propia naturaleza individual está reclamando: una vida afectiva y sexual orientada hacia personas de un determinado género puesta en tela de juicio por toda una sociedad.

Algo así como si de pronto aparecieran textos sagrados, atestados de profetas y mesías, con incendiaras declaraciones en contra del sexo heterosexual. Una patada en las gónadas para quienes degustan del sexo opuesto. En este extraño escenario, quienes hoy acusan, sabrían lo que es ser apuntado con el dedo por simplemente andar de la mano con la persona que quieren o ser objeto de burlas en el ambiente de trabajo por la manera como expresan su propia forma de ser, la coquetería, la galantería, el romance... en fin, cosas tan propias de los seres humanos. Un mundo al revés difícil de imaginar para los heterosexuales, no así para el resto.

El asunto no es nuevo: lo vivieron las mujeres en su momento, cuando se les vino a la cabeza esa loca idea de querer votar; lo mismo con los "negritos", cuando algún desubicado les metió la idea de que en realidad no eran esclavos. Les pasó también a los trabajadores cuando alguien dijo por primera vez la palabra “sindicato”. Cuento viejo, que siempre ha contado con cómplices. Cómplices de inmunidad en vida, cuyos mismos hijos se encargarán luego de condecorar a quienes murieron peleando por esas libertades. Porque esta, la lucha por la libre opción afectiva y sexual, es una en la que todos, sin distinción de gustos ni sabores, debemos estar dispuestos a poner de nuestra parte para hacerla realidad; o simplemente no.

En este momento, hay miles y millones de personas escondidas, enjauladas en su sentir; o viviendo con valentía su opción más natural, pero bajo la severa lupa de quienes desaprueban su sentir, juzgan el destino de su afecto, ponen obstáculos innecesarios en su vida -vida que por sí ya es dura- y coartan su libertad de expresión.

Y eso, señores, es una mariconada.

Por: Edgardo Figueroa

viernes, 24 de septiembre de 2010

De mapuches y chilenos

Los mapuches muriendo de hambre no lo hacen por mero capricho o afán de llamar la atención en la T.V. Están peleando por lo que creen es correcto y justo. Para ellos, las tierras son su vida, y hablar de “mapuches” sin mencionar “tierras” viene siendo como recitar el Padre Nuestro sin la parte esa del “reino de los cielos”. Porque para los mapuches, la tierra es también su cielo.


Su lucha es ahora no-violenta y el gobierno se queja; antes se les acusó de quemar camiones. También se quejaron. Estos mapuches en ayuno han elegido renunciar a su propia vida por conseguir aquello que creen merecer, sin balas ni tanquetas. Una verdadera lección de heroísmo en nuestro bicentenario, heredero de tanta sangre maldita. En cambio, se los acusa de seguir un camino “ilegítimo”, y se olvidan que es la misma senda que siguieron las mujeres en busca del sufragio en un EE.UU. en plena guerra mundial; el mismo de Gandhi en busca de la Independencia de un país gobernado por extranjeros; el mismo de Jesús, tras 40 días en busca de la perfección del deseo. Estos personajes tienen al menos dos cosas en común: en ayunas, desafiaron la muerte; en ayunas, vencieron a sus enemigos.

Hace 500 años, Don Alonso narró las gestas de estos luchadores incansables, admirado de su gallardía e inteligencia. Hace 200 años, los próceres de la independencia decidieron llamar “Lautaro” a la influyente logia donde se urdió el fundamento de lo que llamamos patria. En pleno bicentenario de la república, pocos, muy pocos, son quienes cantan estas hazañas y menos aún quienes buscan en ellos la inspiración para ser y actuar en sus vidas. Es todo lo contrario.

Chile ha cambiado. Si para mejor, aún no está claro. Ellos, en cambio, siguen igual: fieles a un estilo de vida que conservan mucho antes de que la palabra Chile fuera más que un aliño culinario. Con todo, cada vez que podemos, dejamos caer pesadamente el martillo del reproche mediático sobre ellos. Nos disgusta como son y actúan, esa manera tan peculiar que tienen de expresar su descontento, de ser tan así como son ellos, tan chúcaros, tan exagerados. Tan mapuches para sus cosas.

Lo decimos Nosotros, que luego de 200 años seguimos buscamos nuestra identidad tras sentimentalismos de solidaridad estacionales o clichés provincianos de egolatría, o violentas gestas militares del pasado, o prepotentes rascacielos del poder. Nosotros, que elegimos desconocer la lucha de estos seres auténticos, imponiendo nuestros términos para dialogar y deslegitimando sus causas antes de escucharlos. Nosotros, que elegimos callar y esconder este molesto grito de lucha, tal vez del puro miedo a despertar un día y darnos cuenta de que, después de 200 años, todavía no sabemos quien mierda somos. Nosotros, que castigamos a otros por nuestro propio pecado de desconocer quien somos.

Por: Edgardo Figueroa

lunes, 6 de septiembre de 2010

El show de las noticias


Es sorprendente la sutileza con que algunos medios de comunicación "tratan" las noticias que transmiten. Escuchando las noticias de las 9:00 de pronto un hecho me causó gran impresión. Se trataba del robo a mano armada de un auto de la policía (un auto de civil de la Policía de Investigaciones, con la baliza encima). Los asaltantes no logran ser apresados y escapan. El hecho es en sí insólito. Pero luego sucedió algo más curioso. El noticiero comienza a mostrar imágenes de un "gran despliegue de efectivos" recorriendo la cuidad, como en una especie de macro-redada a Santiago. Las imágenes muestran a autos policiales a altas velocidades, persiguiendo a un enemigo invisible.
Luego, según el relato del periodista, mientras recorrían las calles, un auto presentó un comportamiento sospechoso frente a la flota de autos policiales, para luego darse a la fuga ante la sospecha que despertó en los agentes.
Resultado. Las imágenes muestran a los jóvenes contra el auto, las manos arriba, contra el piso, siendo revisados y esposados. Se trataba de tres o cuatro jóvenes con antecedentes. De los raptores del auto policial, ni pista. Pero eso sí, "intensas diligencias policiales" lograron recabar "importante información sobre el paradero del automóvil robado", que, eso sí, fue encontrado en algún lugar eriazo a kilómetros de allí. De los delincuentes, ni pista ni rastro. Confieso que por un momento todo esta parafernalia hollywoodense me creó la sensación de que el saldo del día había sido positivo, a pesar del bochornoso robo del vehículo policial. Es la magia de la TV en acción.
Esto me trae a la memoria la singular ola de allanamientos, o redadas, que se suceden luego de algún hecho que impacta negativamente algún aspecto “delincuencial”, llámese drogas, pedofilia, vandalismo, subversión, etc... Porque parece ser que las imágenes de agentes policiales registrando casas, revisando pertenencias, saltando muros, luciendo sub-ametralladoras, compensaran de algún modo la impresión negativa que produce en nosotros hechos graves. Parece ser una tenue manera de simplificar nuestro entendimiento del mundo que nos rodea. Tal vez, un discurso subterfugio que nos repite cada día "pasaron cosas horrible, pero tú estás a salvo".
Cómo no también traer a la conversación los lamentables, irracionales y repudiables actos terroristas del 11 de Septiembre en Nueva York. Al poco correr el tiempo de estos incidentes, ya podíamos ver tropas preparándose o, de plano, invadiendo a otro país, que terminó pagando los platos rotos por la necesidad que existe de reaccionar; no importa contra quién o por qué, pero reaccionar y en una proporción siempre mayor o igual al daño sufrido. Quizás, el lastimado orgullo de parecer derrotado puede más que la sensata búsqueda de la razón que, con suerte, llevaría a resolver en su origen la tragedia de un hecho lamentable.
Noticias de último minuto. Una persecución involucró a personal de la policía uniformada… enlace en directo... efectivamente... como las cámaras muestras, el vehículo está siendo periciado... las reacciones no se hicieron esperar... más de medio centenar de efectivos... de desconoce el paradero de los antisociales... El vocero del gobierno aseguró que no se escatimarían esfuerzo para llevar ante la justicia a los perpetradores de este alarmante hecho… Volvemos ahora a estudios, y cambiamos de tema para contarles que una pareja de osos pandas captan la atención de cientos de los turistas en China.


Por: Cristobal

jueves, 29 de julio de 2010

Orden en Valparaíso

El puerto entero es una fiesta. Los cerros que desde lo alto ensombrecen el poco terreno plano que existe y dan vida la cuidad a la distancia con sus cientos de puntos coloridos. Los porteños que descienden al plan para trabajar o hacer sus trámites se amontonan entre las angostas y sinuosas calles de este puerto loco, que baila en las fronteras del mar.

Por entre las arterias porteñas conviven personas y automóviles, sin una clara línea que defina el territorio de cada uno. Todo está encima, y el poco espacio que queda entre mar y cerro es disputado por grises edificios que se interponen unos a otros a lo largo del tiempo en busca del privilegio de la vista al mar lindo.

Los porteños siempre han transitado libres por sus calles (o casi), en igualdad de trato con los vehículos (o casi). Las calles han sido hasta cierto punto neutras allí donde se presentaba el Paso Cebra arbitrando justo; recordando que las personas van primero, luego las ruedas. Allí han convivido todos, en angostas calles, en tumultuosos cruces. De una u otra manera, el ritmo callejero se mantenía a un compás marcado por los peatones.

Y luego fueron los semáforos

En realidad ya existían, pero en aquellos lugares donde el cruce de vehículos pedía una neutralidad en la preferencia. ¿Y cómo no, si es tan difícil hacer que los bólidos se pongan de acuerdo sobre quién va primero? ¿Y cómo no si es tan fácil pisar un pedal para sentir la velocidad? Así, por un sinfín de explicaciones y circunstancias, de la noche a la mañana, sin decir “¡agua va!”, los tallos de los semáforos empezaron a brotar por las esquinas de la cuidad. Eso sí, nadie se dio el tiempo de preguntarle a los verdaderos usuarios de la cuidad si acaso los necesitaban. Pero sobre el despacho de algún funcionario público ya estaba firmado el decreto que traería el necesario orden a esta desorganizada cuidad.

Primero fue Pedro Montt, la calle del presidente patrono de los obreros en huelga. A los pocos días ya había noticia de atropellos. Uno de los infortunados, una abuelita, tuvo la estúpida ocurrencia de cruzar de la misma manera como lo había hecho toda su vida: confiando en el buen criterio de los conductores y la bien avenida presencia de un paso cebra. Mala decisión. La anciana tuvo la incauta actitud de no ver las lucecitas que habían tomado el control del tránsito en la esquina de Carrera y Pedro Montt, ni advertir que el deslucido color de las rayas en el suelo era obra del esfuerzo por intentar borrarlas el día anterior. Tamaña sorpresa la suya al percatarse en un instante que aquel automóvil simplemente no se detuvo. A las pocas semanas, se sucedieron más atropellos, y la noticia llegó a oídos de la autoridad que, bolígrafo en mano, volvió a firmar un decreto resolutivo, esta vez en respuesta a la falta de adaptación de estos desobedientes ciudadanos al orden establecido. Se trataba de cronómetros que iban colgados al costado de la señal peatonal de cruce, donde se indicaba el tiempo restante para que pudieran cruzar. Toda una innovación.

Y así, la música en las calles calló súbitamente. El orden llegaba, y el porteño de piernas inquietas miraba fijamente el conteo regresivo para seguir su andar. Las maquinitas luminosas imponían su lenguaje a prueba de tontos, en tanto que los peatones aprendían a ser controlados por este infalible sistema. Paralelamente, en las calles interiores del puerto, el peatón seguía siendo dueño de su territorio; se acentuó el derecho de cruzar con orgullo allí donde las rayas amarillas lo permitían. Pero algo ya había cambiado, el otrora aquel signo de respeto era ahora la molestia del conductor acostumbrado ya a hacer uso de su derecho a cruzar, dondequiera que la Luz Verde así lo dictara. El peatón con su desesperante lentitud se contraponía entonces como algo impredecible y exasperante.

Poco a poco los semáforos siguieron brotando en las esquinas, robando el terreno de las personas para distribuirlo equitativamente con los motores. Cruzar una esquina ahora tiene gusto a sumisión, al diario recordatorio que la cuidad es para los autos, no para las personas; que es necesario esperar los mismos segundos para ir que para venir; que ser anciano no exime de los 20 segundos reglamentarios para cruzar; que ya no hace falta mirar a la persona tras el volante para ponerse de acuerdo y compartir -más que disputar- las calles del Puerto.

El respeto se nos fue escapando tras cada tótem de orden plantado en la cuidad. La imagen de una cuidad en alguna medida tolerante, humana comenzó a parecer más borrosa de lo que ya era. Alguien decidió que era más oportuno dejar de depender en nuestro propio criterio para acordar la preferencia en el cruce de las calles. ¿Para qué pensar, si la máquina puede hacerlo por nosotros? Tras el orden implantado en la urbe, Valparaíso parece hoy menos patrimonio de sus propios ciudadanos, y más patrimonio del individuo atrasado y exigente, con preferencia en su andar designada e intransferible.

Como cada tarde, el Puerto sigue incendiándose soberbio y surreal al suroeste de su bahía. Pero el paso de los invitados a su fiesta parece ahora marchar siguiendo un ritmo extraño, familiar al de una caja de marcha de guerra; lejano al vaivén de sus olas, al frenesí de sus ráfagas, al vértigo de sus quebradas o al compás del tango que todavía se baila en las noches del puerto.


Por: Cristóbal