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jueves, 2 de septiembre de 2010

¡¡Miau, me encontré 5 gatitos!!

Típico, tarde de verano en Curepto y yo aburrida, no es que siempre me aburra solo que me pasa en esos días de calor sofocante en donde todo te da lata. Continúo, resulta que deambulaba por la casa en busca de alguna cosa que me mantuviera entretenida, cuando de repente miré hacia el cuarto mas viejo de la casa y vi reposando una escalera tan larga que yo creo que llegaba al cielo, la tome y la lleve en dirección al patio de atrás, la puse en posición al techo y cuando me disponía a subir aparece mi hermano chico - ¿qué estás haciendo?- pregunta, -cosas de perros grandes en donde los enanos no están metidos- le conteste malhumorada, - yo ya soy muy grande y si no me dices que haces te acuso- fue lapidante su sentencia, no me quedo de otra que subir con él al techo. Ya arriba se veía casi todo el pueblo y mi hermano juraba que podía ver el mar, ahí estábamos de lo mejor cuando a los lejos comenzamos a oír unos maullidos, me paré para bajar pero fue cosa de hacer un poco de presión y me fui guarda abajo, casi morí, ok, tranquilos otra vez exagero, solo fueron un par de rasguños para mi buena suerte o mala porque me lleve un rosario de garabatos mas grande que el cielo, mi mami preocupada y muy alterada me retaba una y otra vez – ¿y si hubiera sido tu hermano?, ¿que miércale andabas haciendo en el techo?,-unos maullidos de gatito mami. Y ahí se le hablando el corazón - ¿y donde los escuchaste? – yo respondí esperanzada a que los rescatara- en el cuartucho de atrás. Y ahí partió mi madre con mi hermano chico a la cola.
De repente mi mami me dice que –sí, hay cinco pequeñitos que maúllan como locos pero no me quise acercar porque si la mamá gata se aparece tal vez no los querría al saber que otro los había tomado, los gatos son muy especiales, concluyo con voz experta.
Y toda la noche, pero toda la santa noche esos gatitos lloraban y lloraban, digo maullaban y maullaban, y, ¿si su mamá no los quiso o peor aún, fue envenenada y no volverá a alimentar a esos pobres cachorritos?, qué, ¿vamos a dejar que se mueran?, y así fue como mi mami junto a mi hermano los trajeron a todos les calentó lechita y con unas jeringas les dimos del vital alimento, efectivamente a la mamá gata la habían envenenado porque apareció muerta en el patio de la casa de mi tata, pobre señora gata. Así fue como nos hicimos de cinco gatitos maravillosos, sus nombres eran “oso”, “manchas”, “romanita”, “Juanito” y “conchito”, pero a este último no lo pudimos salvar del ataque de las hormigas, si amigos míos, la naturaleza es inteligente, y “conchito” no iba a resistir y bueno para que seguir con detalles tristes. Ese día le hicimos el funeral correspondiente, lo pusimos en una caja de zapatos y lo enterramos al fondo del patio. Pero el resto de la manada la trajimos a Talca cuando tuvimos que volver a la realidad de los estudios y con mi hermano nos encargamos de cuidarlos como si fuéramos sus madres. Sí, a altas horas de la madrugada nos levantábamos porque algunos de los mininos había escalado hasta alguna de las camas y nos dejaba un desagradable regalito de “pichi y cacú” de gatito bebe, o a calentar la leche para alimentarlos, en fin todo lo que una madre dedicada hace por su hijo, nosotros lo hacíamos multiplicado por cuatro.
Fue una época muy linda, debo decirlo, hasta que las niñas comenzaron con eso de ser madres, y ahí comenzó el delirio, mi mami dijo – basta de gatos, les voy a conseguir un hogar con más espacio para que estén bien y sean felices- y no hubo aceptación de réplicas.
Así se dio inicio a la repartija de gatos hasta que la “mancha y romita” encontraron una casa con montón de espacio en donde las querrían mucho. Al tiempo “Juanito” desapareció, quien sabe dónde estará, ese gato era bastante especial, debo decirlo, un tanto misterioso, quizás encontró un harem de gatitas y ahora es dueño de un pub nocturno para gatos, quien sabe. Y por último nos quedamos con “oso” o como le digo ahora “Don oso” o “chinito”, porque cada vez que lo llamo llega maúlla y entrecierra sus ojos como un chinito.

Por: Yaz Valenzuela

miércoles, 25 de agosto de 2010

La cerdita del chocolate al ataque

Hace un par de años atrás, una tarde de verano, andaba aburrida por la casa de mi tata, no sabía qué hacer para entretenerme. De repente recordé que cuando llegamos habíamos traído unos regalitos bastante sabrosos, un par chocolates, el sabor y aroma más exquisito que se pueda encontrar y, obvio, de plano me volví un gato, silencioso y alerta de cualquiera que quisiera interrumpir mi malvado y delicioso plan. Me arrastre hasta la pieza de mi anciano tata, busque minuciosamente en el closet, el velador, la cómoda, hasta que ¡milagro!, ahí estaba reposando tranquilito y sin molestar a nadie, de inmediato lo tome entre mis manos y salí corriendo cual gacela huye de su depredador, me fui hasta el fondo del patio y ahí goce de mi trofeo.

En la tarde para la once aparecieron unos parientes, estábamos de lo mejor entre risas y recuerdos bochornosos cuando mi estómago me comenzó a molestar. ¿Sería el chocolate?, ¿cómo una especie tan deliciosa puede ser tan dañina y mortífera a la vez?

Corrí al baño y los retortijones no me dejaban en paz, y para que les detallo el resto si me enferme y muy mal, eso me pasa por ser una cerdita del chocolate.

Y ahí yacía en mi lecho de muerte, al borde del desahucio, y mi madre se paseaba como león enjaulado regañándome por haber cometido tal crimen. Por otro lado mi tata me observaba de entre las sombras sonriendo misterioso – ¿de que se ríe?- le reprocho y sale de entre las tinieblas y me dice – todo ese dolor es por mensa, ese chocolate que te comiste era uno que estaba vencido y lo tenia ahí guardado para los ladrones chocolatados como tu- y se fue con una leve sonrisa arrugada.

Que maldad la de mi tata, nada que ver, se supone que soy su nieta favorita numero uno, bueno me corresponde el “castigo divino” que me callo. Aunque así y todo la cerdita del chocolate no parara, cada vez que vea y encuentre un sabroso dulce de cacao será mío, solo mío.

Por: Yaz Valenzuela

domingo, 1 de agosto de 2010

Un “fomingo” cualquiera.

Desde muy niña el hecho de que llegará el día domingo era sinónimo de aburrimiento, último día para jugar hasta tarde, y obvio, andar asustada por que se me olvido decir que me compraran algunas cositas para la escuela, eso era un regaño apocalíptico.

De todos modos mi abuelita trataba de inventar cuanta cosa para pasar un día “fomingo” de diversión. Vamos a ir a ver a su tía del campo y nos vamos a ir por dentro – nos decía – (a esto se refería que acortaríamos camino no que robaríamos ni nada parecido), nosotros felices, hasta que un día todo cambió. Resulta que llegamos a casa de mi tía y bueno saludamos y todo lo protocolar claro y ella nos guió a su cultivo de trigo, era un paisaje de ensueños, la siembra verde, el sol que reposaba en ella, un panorama ideal para jugar como si estuviéramos en guerra.

Así que fuimos a la pieza de mi prima nos pintamos la cara cual terrible militar en batalla, nos armamos con las escopetas y pistolas de mi primo (por cierto eran de juguete no se pasen rollos bélicos), nos dividimos en dos grupos y comenzamos la gran batalla por recuperar una bolsa de galleta, el equipo que lograra alcanzar el objetivo se quedaba con más raciones del apetitoso premio.

Y ahí en la hierba nos hacíamos todo tipo de señas para avisar que el enemigo, mi abuelita y mi tía, andaban cerca del objetivo. Cuando estábamos a punto de lograr el propósito de la misión mi primo se aburre – ya, no juego más voy a ir a pedirle a mi mami que me de unas galletas y nos les voy a dar – esa última frase fue su tumba, nos abalanzamos sobre él cayendo en el cultivo y aplastando cuanta ramita de trigo se nos pusiera en frente, pero logró escapar. Mi tía estaba con ataque y lo único que decía era que el Lucho, mi tío nos iba a colgar del pescuezo, el solo hecho de imaginarme colgando del cuello no me hacía mucha gracia. Así que nos llegó un sermón más largos de los que decía el curita gringo de la iglesia. Sin contar el castigo del siglo que tuvimos que aguantar, sí fuimos torturados nos amarraron a una silla debajo de una gotera hasta que nuestros cráneos se perforaran. Ok, exagero pero no tuvimos más paseos divertidos como por un mes que a tiempo niño fue una eternidad.


Por: Yaz Valenzuela

martes, 13 de julio de 2010

¡¡Sin tacos por favor!!

El otro día fui en busca de botas, pero no cualquier bota. Tenían que ser cómodas, de buen precio y sobre todo no debían tener taco, ni poco, ni mucho, nada de nada, mi exigencia era que fuesen planas.

Llegue al centro a eso de las 3:30 de la tarde del sábado y para mi mala suerte, estaba lleno, mujeres, niños llorones, hombres con cara larga todos en busca de la oferta del día. Me metí a cuanta tienda con zapatos se me cruzo pero nada, o muy caro o, con tacos.

Que les pasa a los creadores de calzados, ya se les esfumo la idea de crear un zapato cómodo y para mujeres “poco exigentes” como yo.

Y así estuve buena parte de la tarde en busca de aquel calzado perfecto que me abrigara en esos días de lluvia o frío. El paseo parecía complejo, porque a cuanto lugar entraba me asfixiaba la muchedumbre, de repente de entre la multitud lo vi, era él, maravilloso, pleno, estaba tranquilo posando en la vitrina de aquella tienda, me acerque lento, no quería asustarlo, y mientras avanzaba a su encuentro tuve una lucha compleja con una botas bucaneras de taco alto la oferta era agradable pero mi decisión fue irrefutable cuando me di cuenta de ese taco horrible que te amenaza con juanetes para la eternidad. Seguí mi camino y cuando estaba por tomarlos viene una mujer muy robusta los toma con poca delicadeza, los manosea, los huele, les toma el sabor, les mira el precio, parece que le convencen, hasta que pregunta al vendedor en tono agresivo: ¿TIENE EN NUMERO 40?, a lo que el tipo le responde: NO, ES LO ULTIMO QUE NOS QUEDA.

No puede ser, enseguida por mi mente pasaron todas las preguntas del mundo, y, ¿si el número es menor? o peor aún, ¿si se les perdió el par? o ya está guardada para otra compradora “poco exigente” como yo.

Me arme de valor, me acerque a la bota de verde pálido con punta blanca y sin taco, el precio era maravilloso, y el número… era a mi calce perfecto 38. –Señor- le digo al vendedor- ¿Me trae el otro par?, enseguida me responde en tono angelical.

Todo se complementa, la música de una tienda cercana, la gente indiferente que pasa, yo con mi bolsa que lleva el triunfo de la tarde, el sol se asoma por entre las nubes un rayo de luz cae sobre mi cabeza parece una escena de una película de cine arte.

Fue una travesía complicada lo debo aceptar, pero valió la pena las seis horas y media en que me volví casi loca por encontrar aquel hermoso y delicado espécimen y todo por ser una compradora “poco exigente”.

Por: Yaz Valenzuela

domingo, 4 de julio de 2010

Yo no quiero ser mamá…


Ésta frase ¿me convierte en un ser abominable y sin corazón?
Lo que no saben es que hace 2 años conocí a un hombrecito que me cambio la vida, es extraño porque antes no me atrevía ni a tomarlo en brazos pero ahora lo mudo, le doy la mamadera le enseño cosas. He creado un lazo de amor y sinceridad con este pequeñín.
Su nombre es Matías y tiene una personalidad ultra complicada, es muy llevado de sus ideas, tanto así que se enfurece cuando no quiero jugar con él porque estoy ocupada o simplemente, no quiero. Patalea tira a sus peluches, autos y demás juguetes a la misma mierrr… y yo, lo miro seria, no le digo nada, lo observo hasta que se pone nervioso, se tapa su carita de tortuga y llora silencioso es en ese momento cuando le digo: ¿pasó la maña?, me mira con arrepentimiento, se acerca lentito, me toma la mano y me abraza.
Y… sí, yo no resisto a esa manipulación, pero no sedo, no juego y él… ya entendió.
Matías no habla pero según yo es muy inteligente porque hace todo para que le entendamos. Por ejemplo: Maaaaaaa: puede ser mamá o pelota, Mmmmmmm: pan o galleta. Yyyyyy: jugar. Y así podría seguir. Ahora, esto es un secreto que les confesaré, Matías no es mi hijo, es mi hijushco y yo soy su mamadre. Sí, así es, no es mi hijo biológico, es el hijo de mi mejor amiga, pero ¿saben algo?...lo quiero tanto que no sé si así se siente cuando uno quiere a un hijo propio, lo único que pido es que la madre natura no me dé alguno por el momento, o mejor aún nunca… ¿Quién sabe? ;-)

Por: Yaz Valenzuela