
jueves, 2 de septiembre de 2010
¡¡Miau, me encontré 5 gatitos!!

miércoles, 25 de agosto de 2010
La cerdita del chocolate al ataque

Hace un par de años atrás, una tarde de verano, andaba aburrida por la casa de mi tata, no sabía qué hacer para entretenerme. De repente recordé que cuando llegamos habíamos traído unos regalitos bastante sabrosos, un par chocolates, el sabor y aroma más exquisito que se pueda encontrar y, obvio, de plano me volví un gato, silencioso y alerta de cualquiera que quisiera interrumpir mi malvado y delicioso plan. Me arrastre hasta la pieza de mi anciano tata, busque minuciosamente en el closet, el velador, la cómoda, hasta que ¡milagro!, ahí estaba reposando tranquilito y sin molestar a nadie, de inmediato lo tome entre mis manos y salí corriendo cual gacela huye de su depredador, me fui hasta el fondo del patio y ahí goce de mi trofeo.
En la tarde para la once aparecieron unos parientes, estábamos de lo mejor entre risas y recuerdos bochornosos cuando mi estómago me comenzó a molestar. ¿Sería el chocolate?, ¿cómo una especie tan deliciosa puede ser tan dañina y mortífera a la vez?
Corrí al baño y los retortijones no me dejaban en paz, y para que les detallo el resto si me enferme y muy mal, eso me pasa por ser una cerdita del chocolate.
Y ahí yacía en mi lecho de muerte, al borde del desahucio, y mi madre se paseaba como león enjaulado regañándome por haber cometido tal crimen. Por otro lado mi tata me observaba de entre las sombras sonriendo misterioso – ¿de que se ríe?- le reprocho y sale de entre las tinieblas y me dice – todo ese dolor es por mensa, ese chocolate que te comiste era uno que estaba vencido y lo tenia ahí guardado para los ladrones chocolatados como tu- y se fue con una leve sonrisa arrugada.
Que maldad la de mi tata, nada que ver, se supone que soy su nieta favorita numero uno, bueno me corresponde el “castigo divino” que me callo. Aunque así y todo la cerdita del chocolate no parara, cada vez que vea y encuentre un sabroso dulce de cacao será mío, solo mío.
Por: Yaz Valenzuela
domingo, 1 de agosto de 2010
Un “fomingo” cualquiera.

De todos modos mi abuelita trataba de inventar cuanta cosa para pasar un día “fomingo” de diversión. Vamos a ir a ver a su tía del campo y nos vamos a ir por dentro – nos decía – (a esto se refería que acortaríamos camino no que robaríamos ni nada parecido), nosotros felices, hasta que un día todo cambió. Resulta que llegamos a casa de mi tía y bueno saludamos y todo lo protocolar claro y ella nos guió a su cultivo de trigo, era un paisaje de ensueños, la siembra verde, el sol que reposaba en ella, un panorama ideal para jugar como si estuviéramos en guerra.
Así que fuimos a la pieza de mi prima nos pintamos la cara cual terrible militar en batalla, nos armamos con las escopetas y pistolas de mi primo (por cierto eran de juguete no se pasen rollos bélicos), nos dividimos en dos grupos y comenzamos la gran batalla por recuperar una bolsa de galleta, el equipo que lograra alcanzar el objetivo se quedaba con más raciones del apetitoso premio.
Y ahí en la hierba nos hacíamos todo tipo de señas para avisar que el enemigo, mi abuelita y mi tía, andaban cerca del objetivo. Cuando estábamos a punto de lograr el propósito de la misión mi primo se aburre – ya, no juego más voy a ir a pedirle a mi mami que me de unas galletas y nos les voy a dar – esa última frase fue su tumba, nos abalanzamos sobre él cayendo en el cultivo y aplastando cuanta ramita de trigo se nos pusiera en frente, pero logró escapar. Mi tía estaba con ataque y lo único que decía era que el Lucho, mi tío nos iba a colgar del pescuezo, el solo hecho de imaginarme colgando del cuello no me hacía mucha gracia. Así que nos llegó un sermón más largos de los que decía el curita gringo de la iglesia. Sin contar el castigo del siglo que tuvimos que aguantar, sí fuimos torturados nos amarraron a una silla debajo de una gotera hasta que nuestros cráneos se perforaran. Ok, exagero pero no tuvimos más paseos divertidos como por un mes que a tiempo niño fue una eternidad.
Por: Yaz Valenzuela
martes, 13 de julio de 2010
¡¡Sin tacos por favor!!

El otro día fui en busca de botas, pero no cualquier bota. Tenían que ser cómodas, de buen precio y sobre todo no debían tener taco, ni poco, ni mucho, nada de nada, mi exigencia era que fuesen planas.
Llegue al centro a eso de las 3:30 de la tarde del sábado y para mi mala suerte, estaba lleno, mujeres, niños llorones, hombres con cara larga todos en busca de la oferta del día. Me metí a cuanta tienda con zapatos se me cruzo pero nada, o muy caro o, con tacos.
Que les pasa a los creadores de calzados, ya se les esfumo la idea de crear un zapato cómodo y para mujeres “poco exigentes” como yo.
Y así estuve buena parte de la tarde en busca de aquel calzado perfecto que me abrigara en esos días de lluvia o frío. El paseo parecía complejo, porque a cuanto lugar entraba me asfixiaba la muchedumbre, de repente de entre la multitud lo vi, era él, maravilloso, pleno, estaba tranquilo posando en la vitrina de aquella tienda, me acerque lento, no quería asustarlo, y mientras avanzaba a su encuentro tuve una lucha compleja con una botas bucaneras de taco alto la oferta era agradable pero mi decisión fue irrefutable cuando me di cuenta de ese taco horrible que te amenaza con juanetes para la eternidad. Seguí mi camino y cuando estaba por tomarlos viene una mujer muy robusta los toma con poca delicadeza, los manosea, los huele, les toma el sabor, les mira el precio, parece que le convencen, hasta que pregunta al vendedor en tono agresivo: ¿TIENE EN NUMERO 40?, a lo que el tipo le responde: NO, ES LO ULTIMO QUE NOS QUEDA.
No puede ser, enseguida por mi mente pasaron todas las preguntas del mundo, y, ¿si el número es menor? o peor aún, ¿si se les perdió el par? o ya está guardada para otra compradora “poco exigente” como yo.
Me arme de valor, me acerque a la bota de verde pálido con punta blanca y sin taco, el precio era maravilloso, y el número… era a mi calce perfecto 38. –Señor- le digo al vendedor- ¿Me trae el otro par?, enseguida me responde en tono angelical.
Todo se complementa, la música de una tienda cercana, la gente indiferente que pasa, yo con mi bolsa que lleva el triunfo de la tarde, el sol se asoma por entre las nubes un rayo de luz cae sobre mi cabeza parece una escena de una película de cine arte.
Fue una travesía complicada lo debo aceptar, pero valió la pena las seis horas y media en que me volví casi loca por encontrar aquel hermoso y delicado espécimen y todo por ser una compradora “poco exigente”.
Por: Yaz Valenzuela
domingo, 4 de julio de 2010
Yo no quiero ser mamá…
